-Había estado pasando la tormenta más grande del siglo, suspiré.
Mientras veía por los ventanales inmensos que tenía aquél lugar, eran gitantezcos y solían ser pintados con muchos colores, de algunos atardeceres que eventualmente solían pasar por aquél lugar.
Llovía como no tenía idea nadie en donde estaba en ese instante. Las gotas no dejaban de caer por esos ventanales.
Solían morir las gotas de agua por estrellarse en ese lugar, en las calles, en donde caían, las veía allí caer, cada gota, cada goteo, cada lágrima del cielo.
Toda la gente estaba desesperada, querían irse de allí. Observaba a muchas personas vagando por allí, hubo algunos que se iban, otros. Ni tan ansiosos esperaban allí sin afán de irse. Otros, en su caso, regresaban al lugar para tomar algo caliente y resguardarse de la tormenta. Llegó un momento tan inhóspito que hubo mil maneras de salir de allí, pero no podía realmente, no podía. La lluvia no cesaba de su gran magnitud de gotas que, como yo les decía: ''Lágrimas del cielo'' no se detenían por ningún instante de dejar de llover...
Y creía que aún no terminase aquella lluvia que frenó totalmente la rutina de cualquier habitante de aquella ciudad...